Chistes y artículos

Puede que mi artículo “Transiciones por la iconoclastia”, que ha desfilado en este blog, sea un chiste. O que haya chistes con una increíble capacidad de síntesis.

En cualquier caso, este twit que acabo de leer dice lo mismo que el artículo.

Como recordaréis quienes lo hayáis repasado, en aquel texto yo recuperaba la letra de “My pictures of you”, de The Cure, lamentando que ya no podamos romper las fotos de nuestras personas amadas porque ya no están en papel.

Pictures of you: iconoclastia pop de la mano de The Cure

La verdad es que terminar de redactar esta entrada después de haber escuchado a Javier en el programa Asuntos Propios de Radio Nacional, un padre valenciano que ha reconocido que se encuentra tan desesperado y en la más absoluta miseria que se arrepiente de haber tenido a su hijo de tres años, al que solo puede dar de comer el arroz que le regala Cáritas de vez en cuando… resulta todo una frivolidad. Podéis seguir leyendo, porque hay que seguir adelante, pero no seré yo quien os anime a ello.

En un rincón de Tabacalera...

En el fondo esta entrada, que toma su ocasión de la absurda festividad de San Valentín, quiere ser nihilista y destructiva. Antivalentinista por centrada, negativamente, en lo que este día nos trae: el amor. El desamor.

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Letargia, una llanura

El café me ha impedido la siesta. Quiero echarme y descansar un poco, y a lo mejor soñar. He soñado mucho esta semana, a lo mejor lo consigo.

Un paseo letárgico. Sin chaqueta cazadora ni anorak, una sudadera remangada, un pañuelo colgado del cuello, pero sin enrollar, cada extremo cuelga suelto hasta la altura de mis manos en los bolsillos. Salgo hacia el cajero, todo sueño tiene una excusa aunque esté en el medio o hacia el final, cuando ya las neblinas se aclaran y al imaginar lo que viene a continación saltamos a las alternativas que están ocurriendo sin pasar, como páginas translúcidas. Vuelvo del cajero, tuerzo, voy hacia Abascal sin decírmelo, no quiero adivinar todavía hacia donde llegarán mis pasos. Abascal hay que cruzarlo, ese flujo de motores rugientes no me dicen nada, no me sienten. Un coche se detiene y maniobra para esperar a alguien, no tanto para aparcar, parece. El conductor me ve pero no me mira, ni yo a él, un macarrilla de mi edad, o cinco años más quizás, quién sabe si luego al hablar con él tendrá buen fondo, eso nunca se sabe hasta que lo intentas. Pero este pensamiento no se me pasa por la cabeza, apenas veo el cráneo afeitado del conductor, sólo quiero atravesar ese rugido en cuanto cese. Paso a Ponzano, hay poca gente por las calles oscuras (son casi las nueve), pero los bares están a rebosar con el derbi. Giro, paso frente a un pequeño supermercado de frutas y hortalizas, el encargado sigue dentro, rodeado por la luz y cegado al exterior, no repara en mí ni debe. Deben quedarle cinco minutos. Vuelvo a girar, cruzo Espronceda, llego a Ríos Rosas y cruzo a la acera de enfrente para bajar la calle bordeando mi colegio. De repente hay más gente, veo un par de matrimonios con sus hijos, quizás imaginados. Por fin sé que quiero tumbarme bajo la estatua de Franco, mirar la negritud del cielo y divagar bajo esa estatua que presidió mi infancia, colorida todas las temporadas, cómo lanzarían esa pintura para que la mancha siempre quedara igual… Sigue leyendo