Letargia, una llanura

El café me ha impedido la siesta. Quiero echarme y descansar un poco, y a lo mejor soñar. He soñado mucho esta semana, a lo mejor lo consigo.

Un paseo letárgico. Sin chaqueta cazadora ni anorak, una sudadera remangada, un pañuelo colgado del cuello, pero sin enrollar, cada extremo cuelga suelto hasta la altura de mis manos en los bolsillos. Salgo hacia el cajero, todo sueño tiene una excusa aunque esté en el medio o hacia el final, cuando ya las neblinas se aclaran y al imaginar lo que viene a continación saltamos a las alternativas que están ocurriendo sin pasar, como páginas translúcidas. Vuelvo del cajero, tuerzo, voy hacia Abascal sin decírmelo, no quiero adivinar todavía hacia donde llegarán mis pasos. Abascal hay que cruzarlo, ese flujo de motores rugientes no me dicen nada, no me sienten. Un coche se detiene y maniobra para esperar a alguien, no tanto para aparcar, parece. El conductor me ve pero no me mira, ni yo a él, un macarrilla de mi edad, o cinco años más quizás, quién sabe si luego al hablar con él tendrá buen fondo, eso nunca se sabe hasta que lo intentas. Pero este pensamiento no se me pasa por la cabeza, apenas veo el cráneo afeitado del conductor, sólo quiero atravesar ese rugido en cuanto cese. Paso a Ponzano, hay poca gente por las calles oscuras (son casi las nueve), pero los bares están a rebosar con el derbi. Giro, paso frente a un pequeño supermercado de frutas y hortalizas, el encargado sigue dentro, rodeado por la luz y cegado al exterior, no repara en mí ni debe. Deben quedarle cinco minutos. Vuelvo a girar, cruzo Espronceda, llego a Ríos Rosas y cruzo a la acera de enfrente para bajar la calle bordeando mi colegio. De repente hay más gente, veo un par de matrimonios con sus hijos, quizás imaginados. Por fin sé que quiero tumbarme bajo la estatua de Franco, mirar la negritud del cielo y divagar bajo esa estatua que presidió mi infancia, colorida todas las temporadas, cómo lanzarían esa pintura para que la mancha siempre quedara igual…

La chica que pasea al perro no sabe por qué hago la foto, pero creo que nunca he estado tan cerca de ese pavimento inmisericorde. Claro que no está Paco, aunque en mi recuerdo siga impertérrito (en realidad puedo jugar en mi memoria a poner y quitar la estatua, que me imagino ladeada, dando el culo a la Castellana, y no mirando a la iglesia de San Juan de la Cruz como es en realidad. Quitarla y ponerla como en esos montajes clásicos, en los que algo desaparece de golpe, o como en Arrebato cuando la cámara vampiriza a la chica). Saco una foto de ese suelo sospechoso, enmarcado y sin dibujo, me apetece ver llover sobre ese suelo más nuevo que el colindante, seguro que brilla con cierto reparo, quiero ver el reflejo de alguna farola sobre un hilillo de lluvia caída que desborde a la calzada, pero aunque está oscuro no llueve.

Sólo hay un sitio al que ir, un lugar que reúne muchos. Cruzo la Castellana corriendo, rompo la barrera de estos últimos diez años, me subo al monumento a la Constitución, ahora tengo catorce. Mis pasos se hacen cada vez más ligeros bajo ese cesped memorable, me abro sitio bajo las aladas ramas de un abeto y orino en su tronco, estoy envuelto en el abrazo de la conífera. Salgo, y me dirijo a la colinilla donde echamos tantos petas, hablamos de tantas cosas y dejamos que nuestras mentes se elevaran por encima del trasiego. Me acuclillo, sigo acuclillado hasta que me duelen las piernas, aguanto hasta que no quiero aguantar más. Mis ojos son los que respiran ahora, bendito frío que ya no queremos sentir. Un guarda ha salido del museo, quizá sospeche de mi figura que puede parecer vigilante, yo lo veo cuando ya me he levantado para marcharme, lo veo y lo adelanto sin decir palabra, me estiro mientras miro al cielo y durante unos pasos veo la Osa menor, luego desaparece, hay demasiadas farolas. Desciendo, vuelvo a cruzar la Castellana y voy hacia el chino, pero el paréntesis aún no se ha cerrado. Paso junto a un par de grupos de adolescentes, oigo sus voces acabalgadas pero no entiendo lo que dicen, mis oídos están respirando, expirando, esas voces fragorosas son como los ojos de los faros de esos motores que me rugían sin verme.

Si me interrumpes ahora, si ahora me sonríes, es posible que acabe todo. Pero te recordaré para siempre.

***

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