Juventud sonora

Os dejo con un artículo inédito que escribí durante mi Erasmus en Alemania.

-¿Dónde estuviste?

-En Iena

-Qué guay, yo nunca he estado en Austria

-No, en Jena, se escribe con J pero se pronuncia Iena

:-/

Es un artículo sobre música en un estilo de escritura que ya no practico, y que de hecho me cuesta mucho seguir. Espero que vosotros consigáis iluminarme. Lo cuelgo porque los tipos que prometieron publicármelo en su fanzine dejaron de hacerlo (el fanzine), y cuando casi había olvidado el chasco ya había abierto este blog y caído en la cuenta de que hacia el final aparece la figura del trovador en la música actual. Sin profundizar demasiado en ella, pa qué.

Juventud sonora

¿Os habéis dado cuenta de que, por encima de todo, seguimos apresados por la belleza, de que es ella la que nos congrega para impregnarnos? La belleza que adoramos aquellos que, por lo general, no tuvimos o la ingenuidad o el valor para seguir creyendo en los viejos amuletos es al tiempo fácil y enojosa, líquida y contundente, constante y perezosa. Se atora en las orejas y, arrimada a las rodillas empuja, incita y desaparece. Es música, y seguramente para nuestros oídos. Nuestra música se ha convertido en el arte más extendido. Todos somos entendidos: nos hemos hecho expertos en distinguir a los demás por el modo en que se tambalean y acabalan, por cómo el rebotar rítmico les colorea con rabia o euforia.

No hace mucho que escuché a un musicólogo de otro tiempo. Habló, en efecto, del tiempo, de su elaboración y reestructuración en la música de la tradición clásica. De redención y donación de sentido. Posibilidad que, como ya sabía Adorno, desapareció para la música viva desde el jazz. El jazz festeja el instante, el blues llora con repetición lo que ya habíamos perdido siempre. Dos elementos que nos persiguen consecuentemente, que señalan y cubren, al mismo tiempo, la dirección que nos transporta y que no queremos ver. Ya sabemos nosotros que el bloque clásico se ha disuelto, así que buscamos nuestra propia seriedad. Dentro de una adolescencia corrientucha, y por ello debidamente mortificada, el espíritu busca puntos de referencia que, en la nebulosa del desconcierto, dibujen un orden o un punto de fuga del anhelo. Ese no nos falta. Nuestros padres no tienen la culpa de que ellos no puedan ser esa referencia. Que lo seamos nosotros mismos es difícil, las pruebas de madurez no consisten ya en imponerse a partir del valor en nuestro entorno: la inserción tiende a sernos garantizada sobre la letra por nuestros pasos a lo largo del sistema educativo. De ese modo hay quien pasa a considerar que lo más elevado a que se puede ofrecer es cultivarse en el campo de la música, dedicarse a estudiarla y a disfrutarla. Se trata, como es evidentemente, de un camino que no tiene final ni itinerario concreto.

La música nuestra es también una tradición, pero no cualquiera. Se entiende a sí misma como un equilibrio perfectamente inestable entre innovación sonora y conservadurismo del sentido, contiene manierismos y excesos, puntas de iceberg y profundidades exploradas por pocos. Desde hace pocos años está permanentemente al alcance del tacto que sepa fondearla. Sólo hay que quererla a toda ella, dejar que se fragmente sin un núcleo fundamental ni una dirección preparada. Buscamos parecidos insatisfacibles porque lo demasiado ajeno molesta y lo demasiado cercano ya no es verdadero. Intentamos seguir entendiendo de qué va todo y por dónde está el futuro; casi más que la pena y el riesgo de quedar anquilosados, aniquilados por el derrame estilístico, nos abruma la curiosidad por saber: ¿qué escucharán nuestros hijos? La afición supera las  barreras del tiempo y hace amigos en instantes, pero ¿acaso no está cada uno tan arropado por lo cuidadosamente escogido como para que la necesaria evolución nos adelante y desconcierte definitivamente?

Enfrentarse con la música de forma honesta significa,  desde luego, acudir al espacio masivo del espectáculo. La música, que desde hace pocos decenios es por primera vez también un asunto de disfrute solitario, se desdibuja quizá en ese aislamiento: padece el traslado a un ámbito distinto a aquel que le dio lugar. Devolverle la posibilidad de arrebatar la iniciativa a quien escucha, de hacernos uno más entre tantos, representa nuestra forma de humildad y de reconocimiento de que aquello que nos hace especiales nos vuelve al mismo tiempo indistinguibles. Receptores de vibración estructurada, de murga (como dice mi padre), pero murga elaborada. No quisiera ponerme estupendo, dejad que recoja lo que debo mostrar. Cada vez que presenciamos la repetición viva de un tema, cada vez que acogemos su sonido para dejarnos arrullar, previendo, asombrándonos por las diferencias de la improvisación. Cada vez que nos predisponemos a esa cumbre del disfrute, inclinados quizá a la indulgencia ante el desliz -sin que ello consiga desarraigar el temor a la mediocridad, a esa mediocridad que define y amenaza, que a todos roza o incluso destroza. Cada vez nos convertimos en los protagonistas del milagro de la transformación del sonido en arte, de la ondulación vibratoria en percusión encauzada, en juventud sonora. El elemento universal que nos distingue de la tradición musical precedente, la omnipresencia de la batería o del beat, toma ejemplo del corazón, nuestra propia factoría rítmica. En cada directo sentimos la presión de los graves sobre nuestros pechos. Esa reanimación hipercardíaca que arremete incesante es la base de nuestra identificación vital con el ruido. La escucha deja de ser pasiva, porque las ondas nos atraviesan de parte a parte. Muchas veces celebramos la destrucción de la armonía, la tranquilidad y la estaticidad, pero asistimos al tiempo a su súbita recomposición en una precariedad preestablecida.

Yo pertenezco a una nación donde la música que me ocupa, por lo general de procedencia anglosajona o, por lo menos, hecha en inglés, es entendida de una forma muy particular. Los españoles no entendemos las letras de las canciones, es para nosotros (por lo general) una incógnita qué canta Kurt Cobain en Smells Like Teen Spirit, por poner un ejemplo que ya se remonta a otra generación diferente a la mía. Llevo tiempo preguntándome si  con ello tenemos el mérito de haber pasado a considerar la voz como un mero instrumento más, de haber creado, sin quererlo, la música popular abstracta. En ella el cantante se libera de la necesidad de decir, pasa a expresar con toda la gama de las cuerdas vocales y sin la restricción de los significados. Bueno, sí… quizá sea una posibilidad. Pero por otra parte es cierto que los melómanos de hoy en día tienen la posibilidad de escuchar más poesía de la que se leería de otra manera. No deja de ser interesante que el atavismo de la poesía recitada y acompañada por instrumentación renazca, aunque con un aspecto estrambótico, poco narrativo en comparación con la tradición épica a la que me refiero.

¿Lo habéis adivinado? Escribir sobre música es, está claro, el intento extremo de aproximarse al campo prohibido, al círculo donde todo está concentrado. Allí donde pululan todas las miradas y manosean todas las escuchas. Un intento que sobrevuela estéril el panorama y, en el fondo, no puede hacer otra cosa que aprobarlo sin osar el remodelaje. Yo canto en la ducha y dejé hace tiempo las clases de piano. Pero tampoco es imprescindible un músico más, ¿verdad?

Creo que cuando escribí este artículo sabía a qué me estaba refiriendo en cada momento. Ahora, la verdad es que me pierdo en muchos puntos.

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